María José Llergo en el Singin’ in the Cave. La mano que dibujó el sonido

Texto: Javier Peñarroja/Fotografías: Singin’ in the Cave

Porque cuando las barcas entraban en la sala allí estaban ellos. Marc controlaba las dinámicas de la guitarra perfectamente mientras creaba una línea intangible de comunicación que va más allá de los cánones convencionales. Y María José abría los ojos al momento hacia el techo.

El concierto empezó con algo que no podía estar más lejos del quejío. Porque aquello no era una queja, sino una voz tenue, voladora pero muy en la tierra. Una aurora boreal que se levantaba como las estalacmitas de aquella cueva. María José movía las manos, y con una sola sílaba creaba escalofríos. María Jose Llergo y Marc López son así, por eso esa voz no podía sonar de otra forma: ténues, voladores pero muy en la tierra, como escuchábamos en la entrevista que nos concedió en Ràdio La Vall d’Uixó – Cadena SER.

llergo singin-7Las manos, el pelo, la mirada, las cuerdas, la voz… Sí, esa voz. Esa que estás intentando imaginar pero que no puedes. Esa es la voz que inundó cada curva de aquel lugar. Porque no hay ni una sola línea recta en ese lugar; y esa voz había de ser curva, ondulada, gaseosa…

El momento del concierto en el embarcadero fue mágico desde el principio hasta el fin. Puede que el concierto que más corto se me ha hecho hasta el momento. Volver a cerrar los ojos y volver a recordar. Y escuchar ese palo maldito que el flamenco esconde. Y ni ella ni yo creemos que sea cierto que lo esconda, sino que lo reserva a quien sepa domarlo, o a quien tenga el valor de dejarse domar por él: la Petenera. Con este cante empezaba la segunda parte. Peteneras y emociones, fandangos y sonrisas, seguidillas y lágrimas… Una voz que vuela en cada melisma, una guitarra que acaricia al límite del arañazo. Ese lugar entre el placer y el dolor es la música de María José Llergo y Marc López. Un instante a destacar por lo espontáneo y anecdótico fue cuando después de los dos bises que tocaron tras el incesante aplauso del público -terminando un concierto emocionante con el single Niña de las dunas– , una mujer visiblemente emocionada no dudó en levantarse y pedir dos temas más, así que nos llevamos cuatro regalitos a casa por si a alguien le faltaba llorar.

Emulando (salvando las distancias literarias) al New York Times en la crítica a Lola Flores a su actuación en el Madrison Square garden de 1979: Canta (¡vamos, que si canta!), escribe con una fuerza en el bolígrafo equiparable a la de la voz, sonríe y emociona. No se la pierdan. Joder, hasta la Luna se sonrojó anoche.

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