Alberto Montero en el Singin’ in the Cave. El Sol interminable.

Violín, dos violas, contrabajo, guitarra y una voz difícil. Un metrónomo líquido que marca su propio compás y… sí, algún sonido de cámara de fotos de algún móvil que no se ha silenciado. Un grave insumiso contra un agudo afilado. Jugueteando en un colchón de agua. Nunca el líquido elemento había sido tan conductor cómo esta noche. Puede que porque nunca la electricidad había sido tan intensa. Una relación perfectamente ecualizada, un juego sensual, oscuro, animal, bizarro, compensado. Una línea ondulante y obstinada a jugar entre la espada y la pared. Como dos niños saltando sobre almohadas, como una dimensión de la que nunca se habló. Esto fue Alberto Montero en el Singin’ in the Cave.

Un disco intenso, tan comunicativo consigo mismo que cuesta no meterse en la piel del que rompe sus propios moldes para desmembrarse y conocerse; Si Camus hubiese escrito un libro de auto-ayuda empezaría por recomendar este disco. Nada tiene que ver con lo que había. De hecho puede que La Catedral Sumergida sea eso que hubiera podido ser, y fue. Cinco músicos subordinados a un texto y una melodía que juegan en un mundo líquido y mutante. Me recuerda a una obertura, a una reunión entre Offenbach, Mahler y Nick Cave. Y esto todavía debemos sumarlo al marco que hace que se eleve a la categoría de mágico: esa tan apelada reverberación inigualable de les Coves de Sant Josep. Es inigualable por una sencilla razón: en ningún lugar podemos llegar a escuchar lo que aquí se escucha, y de la manera que se escucha. Un lugar que empuja al desnudo espiritual y a despeñar los límites por el abismo del tiempo.

Hay un verbo que se repite mucho en este texto: jugar. Y es que aquí se viene a jugar en un tablero con piezas nuevas, a un juego que no se conoce pero en el que nada se pierde. Nada cambia ahí fuera, tu vida será la misma, mañana te volverá a despertar la alarma del móvil, la radio volverá a sus informativos con la indeleble tinta de la actualidad, que se vuelve a repetir. Por la ventana escucharás los mismos motores, las mismas voces. Pero como en Il Gattopardo aunque nada ha cambiado, lo hemos cambiado todo. Nunca se sale de aquí del mismo modo que se entra.

Alberto juega con un acorde de Sol que no concluye, mientras yo escribo esto. A penas ha hablado un puñado de palabras, pero puede que sea quien más dijo de todos los que se subieron a esta barca.

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